Un domingo en Urgencias! Capítulo IV

Marzo 12, 2008

Acabada la sesión radiográfica, el camillero me llevó de vuelta al box que me habían asignado para protegerme de los virus que campaban a sus anchas por el hospital. Empecé a calcular el tiempo que todavía tendría que permanecer en el hospital. Huummm veamos, si me han hecho dos pruebas y llevo 8 horas, y sólo me han dado el resultado de una…. aplicando la tan famosa regla de tres… aghhhh!! un sudor frío me envolvío, los ojos se me pusieron en blanco y el bistec con papas se volatilizó de repente. Haciendo acopio de un optimismo inusual, me dije, vale, tranquila, para la cena no estaré en casa pero seguro que esta noche duermo en mi camita.

Mi estómago, en vista del los pocos resultados obtenidos ante sus constantes demandas, decidió tomarse un descanso. Toda mi atención se centró en la supercamilla en la que estaba echada. Admiré su firmeza y dureza, pero sobre todo quienes fueron más conscientes de su consistencia fueron mi cuello, espalda y coxis. Empezaron su particular baile de colocación, ¿quién es más importante? yo intentaba atender a los tres, uffff… la espalda, espera, ¿en esta posición? sí, así se está bien… un segundo después, el coxis… eeeeeeh!! que me aplastas!! bueno.. me giro… a ver… ¿de lado? el cuello… estooooo que las cervicales me están dando de patadas!!

Me levanté de golpe y miré desafiante a la camilla, nuestra relación no había empezado nada bien. Levanté la sábana y empecé a darle toquecitos intentando ablandar su duro corazón, en vista de los pocos resultados, de los toquecitos pasé a los puñetazos, y en pleno apogeo, entró una enfermera que se me quedó mirando entre divertida y extrañada, intentando disimular, comencé a colocar la sábana suavemente y con una inocente sonrisa le pregunté si las camillas las hacían así de “cómodas” para evitar aglomeraciones. Extrañamente ni se molestó en contestar. Cuando se fue la enfermera volví a mirar a la camilla, y por fin llegamos a un acuerdo, si dejaba de golpearla, ella me permitiría estar sentada en posición sioux, menos es nada, pensé.

A eso de las 8,30 de la tarde me trajeron una bandeja con olor a comida. Era consciente de que la comida de hospital no suele ser muy sabrosa, pero mi imaginación se disparó, ya me veía yo comiendo un muslo de pollo con patatas cocidas sin sal que seguro me sabría a gloria, y cual no fue mi sorpresa cuando descubrí el contenido de la bandeja, un plato cubierto con algo verde con pintitas blancas, acompañado con patatas cocidas (en algo no me equivoqué). Observé la forma de la supuesta verdura intentando averiguar su origen o nombre, la toqué con el tenedor temiendo algún movimiento extraño, no se mueve, entonces se puede comer, me dije. Me armé de valor y tomé un trocito… mi estómago haciendo caso omiso de mis papilas gustativas, se hizo dueño de la situación, a él ya le daba igual lo que comiera, lo importante es que cayera algo sólido para poder hacer funcionar sus jugos gástricos, y sin más, di cuenta con todo el contenido del plato.

Una vez satisfecho el apetito, sólo me quedaba esperar…. y esperar… hasta que a las 11 de la noche volvió a visitarme una enfermera aguja en ristre para atracarme de nuevo, con lo que volví a hacer cálculos de cuánto me quedaba, mis esperanzas de irme a casa se estaban yendo por donde habían venido.

A las 3 de la madrugada, la jovencísima doctora se dignó a informarme de que mis defensas habían vuelto a caer en picado, una pregunta se me formó en los labios ¿cómo era posible? ¿a pesar de la verdura de origen desconocido? ¿tan nutritiva ella?, apreté los labios y preferí callar. La doctora decidió cambiarme a un box libre de gérmenes… otra pregunta me vino a la cabeza… ¿ahora? ¿después de casi 20 horas haciéndome amiga de los miles de virus que viven por aquí? pero también callé.

De repente todo el mundo corría, me cambiaron a una habitación previamente higienizada, ya nadie podía entrar sin mascarilla y sin una graciosa bata del mismo color que la verdura misteriosa en cuestión. Y ahí me dejaron hasta el amanecer, disfrutando de pequeños momentos de soledad, interrumpidos por incursiones de la enfermera dispuesta a atracarme continuamente. Intentaban por todos los medios que la situación sonase alarmante, pero yo sonreía (o por lo menos lo intentaba), ¡era todo tan absurdo! ¡tan buñuelesco! si después de estar 24 horas en urgencias sin apenas defensas, en una hora pretendían protegerme de todo.

Por la mañana decidieron subirme a planta, se acabó mi estancia en urgencias, también se acabó el disfraz de la protección, se acabó la alarma y pude por fin volver a compartir mis gérmenes con los de los demás. Me quedaron pocas defensas, pero las suficientes para presentar batalla, ahora y siempre!

Entry Filed under: General. .

1 Comment Add your own

  • 1. Ernesto  |  Marzo 12, 2008 at 6:42 pm

    Hay que ver lo bien que escribe mi niña!!!! Ánimo Anita, que esto ya está hecho.
    Besitos.

    Responder

Leave a Comment

Required

Required, hidden

Some HTML allowed:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed


Calendar

Marzo 2008
L M X J V S D
« Feb   Jul »
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31  

Most Recent Posts