María… historia de un desastre
María es una persona peculiar, sólo hay que observar por un momento su forma de caminar para darse cuenta de que es un “pelín” torpe. Las líneas de la acera ya son todo un obstáculo para ella. Lo peor es cuando la tienes delante de ti en las cajas del Carrefour. Ahí está ella, intentando meter a toda prisa la compra en las bolsas, buscando el monedero en ese bolso gigantesco. Cuando lo encuentra por fin, misteriosamente se escurre de sus manos -¿estará untado de mantequilla?, te preguntas- tarjetas, monedas, fotografías, todo queda esparcido por el suelo, pero… ahí no acaba el desastre, justo cuando se agacha para recoger lo tirado, se le queda enganchado el dedo meñique en el asa de la bolsa arrastrándola con ella al suelo, resultado, botes de comida repartida por los cuatro costados. Resoplas, bufas, maldices, estás a punto de estallar y darle un par de gritos, cuando notas su mirada desbordando disculpas acompañada de una sonrisa nerviosa que hace desaparecer como por arte de magia todo tu enfado y ahí acabas tú, ayudándole a recoger todo y tranquilizando sus nervios para que deje de hacer malabares con la comida.
Después del episodio anterior acabamos siendo grandes amigas. María era una fuente inagotable de anécdotas, y ésta que paso a contar sucedió hace ya algunos años, lo que indica que María sigue siendo igual de “habilidosa” en la actualidad.
Un día de junio recibió una llamada inesperada, un amigo le propuso ir a una Capea que se iba a hacer en una finca a las afueras de Madrid. Irían unas cien personas, de las cuales María no conocía a nadie, excepto al amigo culpable de la llamada. Para ir rompiendo el hielo y los asistentes se fueran conociendo, se había organizado una cena en un restaurante del centro la noche anterior al encuentro.
Cuando colgó el teléfono, se dio cuenta de que había dicho que sí, que iría. Lo primero que pensó fue que era de locos el acudir, pero eran más las ganas de salir del caparazón en el que estaba escondida, que el miedo a los desconocidos. Y ni corta ni perezosa empezó a organizarse el vestuario para el gran acontecimiento.
Por fin llegó la gran noche, y ahí estaba ella, delante del espejo, intentando aprobar lo que veía, vestido nuevo, ¿cara nueva?… desgraciadamente no había tiempo para ir al cirujano. Se armó de valor, respiró hondo y con paso aparentemente decidido se dirigió al restaurante donde se daría la cena, la primera prueba a superar.
Empezó el martirio, procesión de gente… hola, mi nombre es fulano, mengano o zutano… había de todas partes de España, Barcelona, Zaragoza, La Coruña… hasta habían venido de más allá del Atlántico. Por todas partes había corrillos de personas hablando animadamente, y un poco apartada, ahí estaba ella, mirando hacia un lado, hacia el otro, intentando decidir qué conversación era la más adecuada para acercarse o incluso, tener la osadía de participar. Al final decidió que era mejor hacer una inspección del terreno y pasar lo más desapercibida posible.
El restaurante tenía dos plantas, y como no hay nada mejor para disimular que aparentar que sabes a donde vas, subió a la planta superior sin saber lo que se encontraría, y lo que se encontró fue a nadie… ¿y ahora qué?… pues nada, volver a bajar. De repente los escalones desaparecieron bajo sus pies, ¡¡pom crash!! ¡¡huy!! ¡¡catapum!!, nunca se ha visto a nadie bajar tan deprisa una escalera… y además con las piernas a la altura de la barbilla. El dolor que sintió no fue tan fuerte como el sentimiento de vergüenza al ver a los numerosos espectadores que vieron sus acrobacias con la boca abierta… sólo quería que le tragase la tierra, pero ésta hizo oídos sordos y la dejó en la misma posición, sentada en el suelo, roja como la grana y haciendo esfuerzos para recomponer el poco orgullo que le quedaba.
Fin del primer capítulo
1 comment Agosto 1, 2008
El final del túnel
Han pasado unos meses desde la última vez que escribí en el blog. Hoy, por fin, ya me veo con ánimos de volver a sentarme frente al ordenador y volver a saturar al personal con mis historias.
En este tiempo, muchas veces he abierto el blog y he intentado escribir cómo me sentía o explicar el proceso por el que estaba pasando de una manera irónica o simpática, pero me era imposible, por lo que decidía borrar las pocas frases que había escrito y dejarlo para más tarde. Ahora, cuando está a punto de llegar el final de esta etapa me resultará más fácil… o eso creo.
Durante este tiempo, muchos de mis amigos me animaban a escribir mi experiencia, que ayudaría a otras personas el verse reflejados en mi historia. Pero yo creo que quien pasa por un cáncer, sea cual sea, lo que menos necesita es que le recuerden el proceso, los síntomas, los efectos secundarios. Cada uno somos diferentes y diferente es la experiencia. Lo único que deseas es que acabe pronto y que deje de ser el centro de tu vida. Porque se quiera o no, dejas de de ser persona y pasas a ser un síntoma andante.
Han pasado 8 meses desde que empezó todo y ya veo el final del túnel, apenas 10 sesiones más de radioterapia y podré decir… ¡victoria! aunque la victoria será completa cuando me mire en el espejo y deje de brillar la bola de billar que tengo encima de la frente o cuando pueda volver a manchar de rimmel las pestañas que ahora están inexistentes… pero todo llegará ¡paciencia!.
1 comment Julio 25, 2008
Un domingo en Urgencias! Capítulo IV
Acabada la sesión radiográfica, el camillero me llevó de vuelta al box que me habían asignado para protegerme de los virus que campaban a sus anchas por el hospital. Empecé a calcular el tiempo que todavía tendría que permanecer en el hospital. Huummm veamos, si me han hecho dos pruebas y llevo 8 horas, y sólo me han dado el resultado de una…. aplicando la tan famosa regla de tres… aghhhh!! un sudor frío me envolvío, los ojos se me pusieron en blanco y el bistec con papas se volatilizó de repente. Haciendo acopio de un optimismo inusual, me dije, vale, tranquila, para la cena no estaré en casa pero seguro que esta noche duermo en mi camita.
Mi estómago, en vista del los pocos resultados obtenidos ante sus constantes demandas, decidió tomarse un descanso. Toda mi atención se centró en la supercamilla en la que estaba echada. Admiré su firmeza y dureza, pero sobre todo quienes fueron más conscientes de su consistencia fueron mi cuello, espalda y coxis. Empezaron su particular baile de colocación, ¿quién es más importante? yo intentaba atender a los tres, uffff… la espalda, espera, ¿en esta posición? sí, así se está bien… un segundo después, el coxis… eeeeeeh!! que me aplastas!! bueno.. me giro… a ver… ¿de lado? el cuello… estooooo que las cervicales me están dando de patadas!!
Me levanté de golpe y miré desafiante a la camilla, nuestra relación no había empezado nada bien. Levanté la sábana y empecé a darle toquecitos intentando ablandar su duro corazón, en vista de los pocos resultados, de los toquecitos pasé a los puñetazos, y en pleno apogeo, entró una enfermera que se me quedó mirando entre divertida y extrañada, intentando disimular, comencé a colocar la sábana suavemente y con una inocente sonrisa le pregunté si las camillas las hacían así de “cómodas” para evitar aglomeraciones. Extrañamente ni se molestó en contestar. Cuando se fue la enfermera volví a mirar a la camilla, y por fin llegamos a un acuerdo, si dejaba de golpearla, ella me permitiría estar sentada en posición sioux, menos es nada, pensé.
A eso de las 8,30 de la tarde me trajeron una bandeja con olor a comida. Era consciente de que la comida de hospital no suele ser muy sabrosa, pero mi imaginación se disparó, ya me veía yo comiendo un muslo de pollo con patatas cocidas sin sal que seguro me sabría a gloria, y cual no fue mi sorpresa cuando descubrí el contenido de la bandeja, un plato cubierto con algo verde con pintitas blancas, acompañado con patatas cocidas (en algo no me equivoqué). Observé la forma de la supuesta verdura intentando averiguar su origen o nombre, la toqué con el tenedor temiendo algún movimiento extraño, no se mueve, entonces se puede comer, me dije. Me armé de valor y tomé un trocito… mi estómago haciendo caso omiso de mis papilas gustativas, se hizo dueño de la situación, a él ya le daba igual lo que comiera, lo importante es que cayera algo sólido para poder hacer funcionar sus jugos gástricos, y sin más, di cuenta con todo el contenido del plato.
Una vez satisfecho el apetito, sólo me quedaba esperar…. y esperar… hasta que a las 11 de la noche volvió a visitarme una enfermera aguja en ristre para atracarme de nuevo, con lo que volví a hacer cálculos de cuánto me quedaba, mis esperanzas de irme a casa se estaban yendo por donde habían venido.
A las 3 de la madrugada, la jovencísima doctora se dignó a informarme de que mis defensas habían vuelto a caer en picado, una pregunta se me formó en los labios ¿cómo era posible? ¿a pesar de la verdura de origen desconocido? ¿tan nutritiva ella?, apreté los labios y preferí callar. La doctora decidió cambiarme a un box libre de gérmenes… otra pregunta me vino a la cabeza… ¿ahora? ¿después de casi 20 horas haciéndome amiga de los miles de virus que viven por aquí? pero también callé.
De repente todo el mundo corría, me cambiaron a una habitación previamente higienizada, ya nadie podía entrar sin mascarilla y sin una graciosa bata del mismo color que la verdura misteriosa en cuestión. Y ahí me dejaron hasta el amanecer, disfrutando de pequeños momentos de soledad, interrumpidos por incursiones de la enfermera dispuesta a atracarme continuamente. Intentaban por todos los medios que la situación sonase alarmante, pero yo sonreía (o por lo menos lo intentaba), ¡era todo tan absurdo! ¡tan buñuelesco! si después de estar 24 horas en urgencias sin apenas defensas, en una hora pretendían protegerme de todo.
Por la mañana decidieron subirme a planta, se acabó mi estancia en urgencias, también se acabó el disfraz de la protección, se acabó la alarma y pude por fin volver a compartir mis gérmenes con los de los demás. Me quedaron pocas defensas, pero las suficientes para presentar batalla, ahora y siempre!
1 comment Marzo 12, 2008
Un domingo en Urgencias! Capítulo III
Eran las seis de la tarde, y ahí seguía yo, soñando con la hamburguesa, sentada en el mismo sillón, mirando para todos los lados intentando descubrir dónde se escondía el médico, cuando lo vi pasar y le cacé con la mirada, realmente no sé la cara que puse, pero creo que era una mezcla de Annibal Lecter y el gatito de Shrek. El caso es que conseguí que se acercaran él y su estupenda sonrisa, y sin perderla ni un solo instante (la sonrisa, claro) me dijo que no me iba, que era una estupenda participante y que me había tocado pasar una maravillosa noche con derecho a camilla y a una “nutritiva” cena, ya que mis defensas estaban por los suelos y que estaría más segura en el hospital. Miré a mi alrededor. A menos de un metro se encontraba una señora con un ataque de tos empeñada en compartir sus vigorosos virus con los demás ya que ni se molestó en impedirles la salida tapando su boca, a mi derecha un señor con los ojos vidriosos que me miraba con una media sonrisa extraña que no quiero ni saber lo que estaba pensando… Miré al médico y le pregunté ¿cree de verdad que aquí estaré más segura que en mi casa? ¡Porque yo me voy! Vamos a hacer un trato -me dijo el sonriente médico- por la noche te volvemos a analizar y si suben tus defensas te vas a casa. Bien bien bien… la esperanza volvía a renacer!!, ya me veía yo cenando un bistec con patatas, taquitos de chorizo… mmmmm, aceitunitas, jamoncito… creo que empezaba a desvariar por la falta de azúcar y grasas saturadas.
Entre sueño y sueño pasaron 2 horas y nunca más se supo de la sonrisa del médico. Fue reemplazado por un jovencísima doctora con otra gran sonrisa. Ya empezaba yo a preguntarme si habían salido todos de un spot publicitario anunciando algún dentrífico.
Volví a soltar mi eterna pregunta, ¿cuándo me voy a casa? Su respuesta ya me la esperaba. No te puedes ir sin pasar por la siguiente prueba: ¡una estupenda sesión fotográfica de tu esqueleto! Buffff bueeeeeeno vale de acuerdooooo!! todo sea por el bistecito con patatas!!
Me monté en la camilla y nos fuimos el camillero y yo de ruta turística por el hospital. Cuál no fue mi desilusión cuando descubrí que de guía tenía poco, ningún comentario tipo de: “si observa a la derecha verá los quirófanos último modelo, o a la izquierda un magnífico cartel de paso restringido color bermellón” no sé, ¡algo que hiciera más ameno el trayecto! Por fin llegamos a la zona de los cartelitos amarillos de peligro de radiación y me dejó a solas conmigo misma y mis cábalas, en un pasillo, otra vez.
Me imaginaba que era un castillo sin murallas, y al enemigo acechando por doquier. Una corriente de aire me atacó, y me protegí con mi única defensa posible, una mantita de 2 mm. de grosor, ¡¡gran parapeto pensé!! Por fin apareció el camillero para rescatarme y me llevó a otra sala llena de aparatos tan acogedora como todas las salas del hospital.
Apareció un radiólogo y empezó la sesión, hala! desnúdese, ejem, cof cof… ¿y no cobraré por esta sesión? ¡¡qué manía tienen con mandarte quitarte la ropa!! menos mal que te dan una camisola 10 tallas más grade que tú para enrrollártela al cuerpo. Lo malo es cuando te colocan delante de los Rayos X y te dicen ¡sube los brazos! todo tu plan de taparte se va al traste y notas como se va escurriendo la camisola por la espalda a la vez que sientes que el rubor acude rápidamente a tu cara y cuanto más intentas que no se note más colorada te pones… en fin, ¡¡todo sea por el bistec con papas!!
Add comment Marzo 5, 2008
Un domingo en Urgencias! Capítulo II
Y ahí estábamos en la casilla número 2 esperando el siguiente movimiento. Pasados unos minutos, entró una enfermera, algo llevaba en la mano, ¡glups! ¿es una aguja? -me pregunté- no me dio tiempo a pensármelo, de repente apuntó amenzadoramente y sin más compasión atravesó mi brazó y se quedó con una muestra de mi preciado líquido rojo, supongo que como pago por participar en este maravilloso juego de las urgencias.
Todavía no me había repuesto del atraco que había sufrido, cuando entró de nuevo la enfermera con otro extraño artilugo con la intención de atraparme el maltrecho brazo agujereado y someterlo a nuevas torturas. Cuando consiguió engancharme (trabajo le costó, por cierto) eso empezó a inflarse apretándo más y más, yo miraba a la enfermera preguntándome hasta cuándo tenía eso que inflarse, ¿hasta que el brazo se pusiera azul? ¿hasta que se fuesen cayendo los dedos uno a uno? Por fín, empezó a aflojarse la presión, y la enfermera con voz profesional dijo, tiene usted una tensión muy baja… ¡cómo no! ¡¡la tensión se ha escapado antes de que la aplasten!! ahí se va a quedar!
La enfermera desapareció, y nos quedamos en el box impacientes por conocer qué sería lo siguiente. Para reponerme de tanta ”emoción” me tumbé en la camilla, dispuesta a reubicar la rabadilla, la columna y las vertebras descolocadas previamente en la sala de espera y sus fabulosos asientos. Justo estaba a punto de conseguirlo, cuando mi enfermera favorita volvió a aparecer y amablemente nos invitó a salir del box para ir a la casilla número 3 que consistía en probar la comodidad de un sillón en mitad de un pasillo compartido por 5 participantes más con sus respectivos sillones, ¡claro! -me dije- siguen pensando en nuestro bienestar, ¡no hay nada mejor para sentirse bien que ver el malestar ajeno!
Más o menos eran las 3 de la tarde, yo soñaba con una hamburguesa doble, ¡tan poco sana ella, con su carne, su ketchup!!… supongo que el hilillo de baba que asomaba por mi boca me delató, porque el doctor se acercó y me dijo si quería comer, conteniendo mi instinto de tirarme a su yugular le respondí suavemente que estaría bien. A eso de las 5 de la tarde todavía estaba esperando la tan esperada comida que nunca llegó, lo cual me llevó a la conclusión de que lo hicieron por mi bien, no vaya a ser que unas pocas proteínas me hicieran levantar del sillón y me fuera a casa abandonando el concurso.
3 comments Febrero 27, 2008
Un domingo en Urgencias! Capítulo I
No se me ocurre nada mejor para pasar el domingo que irme a las urgencias del hospital. A ver, es el día perfecto!, llegas por la mañana temprano, le cuentas tu batallita a una señorita que te mira con cara de “me importa un bledo lo que me estás contando” y te miente amablemente diciendo -siéntese un “momentito”, enseguida le atenderán-. Miras hacia atrás y ves una sala de espera llena de posibilidades, personas con las que charlar, compartir virus…etc., yo creo que lo hacen por nuestro bien, ante todo la comunicación entre nuestros semejantes.
Nos ”acomodamos” en esos estupendos asientos modelo “rabadillafashioncrack”, y empieza la diversión. Es como ir al bingo, pero en vez oir números por el megáfono son nombres y apellidos, y tiene su tensión… primero entender lo que dicen y después que salga el tuyo!!. Ahí va el primero… Margarita Cante???? queeee?? no, ese no… esperas impaciente el siguiente nombre… Grafgrgtr chsllgrrrrff… ese sí que no tiene que ser… nadie se levanta… todos nos miramos… quién es el afortunado??
Sin darnos “apenas cuenta” ha pasado una hora y media, y mi nombre sigue sin salir, la emoción se respira en el ambiente, la tensión, ¿se me habrá pasado? sería aquél que no entendí?? y te dices calma calma, el siguiente seguro!! a quién no le ha tocado alguna vez una línea?? y pienso… jejeje que suerte, a mí… nunca jamás!!! Cuando empiezas a desesperar oyes la voz metálica pronunciando tu nombre, que en la vida te ha sonado tan musical! Nos levantamos y miro al personal desafiante por si alguno pretende colarse… nunca se sabe!
Nos atiende una enfermera, pongo ojos de carnero degollao para dar más lástima (si se puede) me hace cuatro preguntas, y como no me estoy muriendo, me vuelve a invitar a que regrese a la casilla de salida con la amabilidad de costumbre -en un “momentito” le atenderá un médico, no has ganado el bingo-… a la sala otra vez!!
“Rápidamente” pasan dos horas más, el juego es tan emocionante que empiezo a plantearme el marcharme a casa porque tanta diversión no tiene que ser buena, y como si me leyeran el pensamiento ¡¡BINGO!! me ha tocado!! no salto de alegría en ese momento porque mis huesos y músculos no se ponen de acuerdo y sólo puedo levantarme e ir arrastrando los pies a la siguiente casilla.
La segunda casilla es más emocionante que la primera, porque cuando entras, ya no sabes cuándo podrás salir, ni las pruebas por las que tendrás que pasar! en eso está la gracia, cuanta menos información te dan, mejor… así mantienen nuestra mente ocupada intentando adivinar qué y cuándo será lo siguiente.
1 comment Febrero 25, 2008



